miércoles, 12 de agosto de 2015

Primoroso disparate en Georgia

Barcelona y Sevilla protagonizan una Supercopa histórica que deja más dudas en el campeón

BARCELONA 5 - 4 SEVILLA

En ocasiones, como si hiciera falta a estas alturas justificar la grandeza y singularidad de este gigantesco deporte llamado fútbol, se dice que ciertas veladas no quedarían igualadas ni por la pluma del mejor guionista. Desde luego el partido que anoche marcó el pistoletazo de salida del curso futbolístico europeo 2015/16 vendría a ser uno de los mejores ejemplos que se recuerden en esta dirección. Tanto el aficionado imparcial como el profano espectador que se topara con el encuentro en la televisión disfrutaron durante más de dos horas de un espectáculo difícilmente equiparable en otro tipo de juego. Otro gallo cantaría para los aficionados de los dos equipos contendientes, a los que la noche les dejaría con un par de kilos menos, a pesar de lo relajado de la fecha.

Las sorpresas comenzaron desde el once inicial. El asunto Pedro empezaba a convertirse en culebrón estival, y la baja de Neymar Jr. por paperas a lo largo de la semana parecía hacerle un guiño al canario de cara a su peso en el equipo y en las dos Supercopas que se avecinaban. Nada más lejos de la realidad. En una decisión antipopular y, como más tarde se comprobaría, nada condicionada por intereses mercantiles, Luis Enrique sentaba a Pedro para poner en liza a Rafinha, jugador de corte mucho más diferente a Neymar que el extremo tinerfeño. En el otro bando Unai Emery tenía mucha menos capacidad de improvisación, ya que una serie de bajas -intoxicación alimentaria mediante- le habían dejado en cuadro en diversas zonas del campo. Sorprendió aún así la inclusión de Rami en el once, todavía renqueante.

No fue una oda al balompié, por mucho que el resultado así lo indique. Si cualquier marcador abultado evidencia imprecisiones en defensa, las de ayer quedaron magnificadas por el característico ritmo del mes de agosto, todavía falto de rodaje y explosividad. Aún así, en el primer cuarto de hora nos encontramos con tres pinceladas de altísimo nivel. Tres goles de falta directa en quince minutos. Cuando todavía no había dado tiempo al personal a acomodarse y prepararse para la primera ración de competición oficial de la temporada, Reyes fue derribado por Mascherano, lo que le dio la oportunidad a Banega de ofrecer una cátedra sobre cómo lanzar una falta desde la frontal. Por toda la escuadra, superando la barrera, Ter Stegen solamente pudo observar como la pelota llegaba a la red.

Pero claro, enfrente estaba Leo Messi. Se había comentado mucho durante la semana que las opciones del Sevilla pasaban por la inspiración o no del rosarino, y en el siguiente compás dejó un claro mensaje. Estaba. Misma situación, pero en el otro área, y orientada esta vez a un zurdo, la ejecución fue todavía mejor. Más ajustada, a la velocidad más lenta que se puede efectuar un golpe franco sin que el portero tenga opción. Espectacular. No contento con eso, terminó de voltear el marcador escasos minutos después, esta vez desde el otro esquinazo del área, pero atacando el mismo palo izquierdo de Beto. Pasaba un cuarto de hora y el Sevilla había enseñado colmillos, pero Messi había impuesto su realidad.

El Sevilla no se amilanó, e intento venirse arriba liderado sobretodo por un José Antonio Reyes hiperactivo que protagonizó varias conducciones peligrosas durante la primera mitad. En una de ellas se precipitó y regaló la posesión a un Luis Suárez que tras recorrer medio campo con el esférico controlado, llegó agotado ante Beto y erró en el uno contra uno. Aún así, se resarció y con una clase infinita, esperó a Rafinha y le otorgó la sentencia. O eso pensaba cualquiera en ese momento. Bien, no se habían marcado ni la mitad de los goles.

En el arranque de la segunda mitad llegaría la puntilla para el Sevilla. O eso, insisto, es lo que cualquier mortal pensó. Otro fallo en la construcción, esta vez de Tremoulinas y mucho más atrás, puso en bandeja a Busquets la asistencia de gol, que Luis Suárez no pudo sino aprovechar. El Sevilla siguió aún así mostrando arrojo y pundonor, y aparecieron jugadores como Vitolo o Iborra más escondidos en el primer período. Precisamente el primero, en una arrancada solo contra el mundo por el costado izquierdo, levantó la cabeza y vio la llegada de Reyes, que únicamente tuvo que empujar la pelota. El Sevilla recortaba distancias hacia lo que aún parecía una empresa imposible.

Entonces, se produjo una sustitución clave. Dejaba el campo visiblemente cansado Iniesta, clave en la circulación azulgrana durante toda la noche, para dejar su espacio a Sergi Roberto. Es esta una temporada clave para el canterano, que con noches como la de ayer va a sufrir y mucho para hacerse un hueco en los planes de Luis Enrique, al menos en su posición natural. El Sevilla creció enteros a partir de ese momento y, sin nada que perder, empujó a un endeble Barça contra su portería. Poco después Mathieu cometió un claro penalti sobre Vitolo que Gameiro transformó y la emoción se instaló oficialmente en Tbilisi. El Sevilla ganó oxígeno, además, con sus tres cambios: Konoplyanka (a escena por un visiblemente molesto Reyes), Immobile y Mariano. Los tres protagonizaron a diez minutos del final la jugada del empate. Estuvo atento el brasileño para sacar rápido de banda, hábil el italiano para poner rápidamente el balón al otro extremo del área, y oportuno el ucraniano para empalar a portería. 4-4. Ver para creer.

A partir de ahí, ya no quedaba físico. En la prórroga el colegiado mostró las cartulinas que antes había negado hasta la saciedad, Piqué sangró, Vitolo se acalambró, y apareció en escena Pedro. Sí, Pedro. Cuando ya todo el mundo daba por hecho que el canario estaba más fuera que dentro del Camp Nou, Messi dispuso de una última falta en la frontal que, tras estrellarse en la barrera, él mismo remachó para lucimiento de Beto, quien vio como Pedro recogía con su oportunismo habitual el rechace y lo introducía en la red. El Sevilla se quedaba a un solo paso de los penaltis, que en estos casos ya sabemos que otorgan más posibilidades al que remonta que al remontado. Aún y con todo, el cuadro de Emery todavía tuvo tiempo de disponer de dos oportunidades más en la cabeza de Coke y la espinilla de Rami, que bien podrían haberle dado otra vuelta de tuerca más al retorcido guión de la noche, y que demostraron que Luis Enrique tiene aún mucho trabajo defensivo por delante. No fue una depurada obra maestra. Fue un blockbuster palomitero. Y de los buenos.

Iniesta levanta la Supercopa. | GRIGORY DUKOR

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